En ese instante comprendí que ella sabía exactamente lo que había ocurrido.
Su marido había sentido rechazo.
Salí del dormitorio con las manos temblando.
Me apoyé contra la pared del pasillo.
Quería desaparecer.
Había momentos en los que incluso deseaba que todo terminara.
No porque quisiera perderla.
Sino porque estaba cansado de verla sufrir y aterrorizado de que los últimos recuerdos de nuestra vida fueran hospitales, heridas, olores y miedo.
Entonces escuché unas uñas sobre el piso.
Tac.
Tac.
Tac.
Bruno apareció desde la sala.
Caminaba
mismo.
—Andrés, eres increíble.
—No sé cómo puedes con todo.
—Mariana tiene mucha suerte de tenerte.
Su madre, Teresa, incluso me había apretado el hombro unos días antes.
—Tú eres lo que la mantiene luchando.
Yo sonreía.
Daba las gracias.
Y después entraba al baño, cerraba la puerta y me miraba al espejo con vergüenza.
Porque ellos veían a un esposo que ponía medicamentos, cambiaba sábanas, ayudaba a Mariana a llegar al baño y se despertaba cada pocas horas durante la noche.
No veían al hombre que algunas veces tenía que contener las arcadas cuando se acercaba demasiado.
Aquella noche Mariana no quería medicinas.
No quería agua.
No quería otra almohada.
Quería a su marido.
—Solo abrázame —repitió.
Me acerqué.
Vi los moretones en sus brazos.
Sus clavículas sobresalían bajo la piel.
Su rostro estaba tan delgado que sus ojos parecían demasiado grandes.
Entonces me llegó aquel olor.
Mi cuerpo