—Daniel, nosotros aprendimos a vivir sin ti —le dije finalmente—. No fue fácil, pero lo conseguimos. Nuestros hijos crecieron sabiendo que podían contar conmigo. Tú elegiste marcharte cuando más te necesitábamos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo sé. Y me arrepiento cada día.
En ese momento, mi hijo mayor entró en la habitación. Ya era un hombre adulto, y detrás de él aparecieron algunos de sus hermanos.
Ninguno corrió a abrazar a su padre.
Lo miraron con una mezcla de sorpresa, dolor y desconfianza.
—¿Por qué has vuelto después de tantos años? —preguntó mi hijo.
Daniel no supo qué contestar.
Entonces le expliqué que, durante todo aquel tiempo, habíamos construido una vida juntos. Los niños habían crecido, algunos ya tenían sus propias familias y otros seguían viviendo conmigo. Habíamos atravesado momentos difíciles, pero también habíamos compartido alegrías que él nunca conocería por completo.