—Sí —respondí—. Todavía la tengo.
—Entonces escúcheme bien. No se lo diga a Ricardo. Y no intente abrirla sola.
—¿Por qué?
—Porque su padre dejó algo más que documentos.
En ese momento escuché pasos al otro lado de la línea.
Lucía susurró:
—Tengo que irme. Nos vemos mañana a las diez en el despacho de su abogada. Ya hablé con ella.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla del celular.
Durante once años había compartido mi cama, mi casa y mis sueños con un hombre al que aparentemente nunca conocí.
Y ahora empezaba a sospechar que también había compartido con él el secreto más doloroso de mi familia.
Aquella noche no dormí.
Llamé a mi abogada, Gabriela Fuentes, y le conté todo.
Gabriela llevaba años trabajando con mi familia.
Me pidió que no confrontara a Ricardo y que no realizara movimientos impulsivos con el dinero.