—Ay, Mariana, no inventes cosas. Es solamente una amiga.
Pero había algo más.
Valeria estaba embarazada de cinco meses.
Y Ricardo planeaba vivir con ella mientras yo permanecía en Monterrey, creyendo que mi marido trabajaba al otro lado del mundo.
Lo peor no era la infidelidad.
Era el dinero.
En nuestra cuenta conjunta había 12 millones de pesos, la mayor parte de una herencia que mi papá me dejó antes de morir. El resto provenía de inversiones que yo había hecho durante años.
Ricardo me había convencido de juntar nuestros ahorros.
—Somos esposos, Mariana. Lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. ¿O acaso no confías en mí?
Qué ingenua fui.
Ahora entendía por qué insistía tanto en tener acceso a mis cuentas.
Durante tres días fingí no saber nada.
Le preparé sus camisas, lo ayudé con las maletas y escuché sus historias inventadas sobre reuniones en Suiza.