Explicaciones.
Una esposa arrodillada prometiendo ser mejor.
Pero no obtuvo nada de eso.
Mi calma le molestó más que cualquier grito.
—¿Ahora vas a hacerte la digna? —se burló.
Me arrebató el teléfono de la mano.
—Este celular lo compré yo. Déjalo.
Lo solté.
El teléfono cayó sobre la alfombra sin hacer ruido.
Después sus ojos recorrieron mi cuerpo con desprecio.
—Y esa ropa también se compró con dinero de los Keller.
La frase fue tan sucia que incluso Clara Keller, su hermana menor, que estaba sentada en el sofá disfrutando del espectáculo, soltó una risa.
Tenía las piernas cruzadas, un vaso de jugo fresco en la mano y las uñas rojas brillando bajo la luz.
—Adrián, no seas tan cruel —dijo con falsa dulzura—. Al menos déjala salir vestida. Si se va desnuda, la vergüenza será para nuestra familia.