Adrián echándome de la casa en ropa de dormir y zapatillas.
La imagen era devastadora.
No solo para un divorcio.
También para la reputación de una familia que vivía de aparentar elegancia.
El cuarto día, Adrián apareció en la casa de mi padre.
No lo dejaron entrar.
Se quedó frente al portón con el rostro pálido y los ojos hundidos.
Yo lo vi desde una ventana del segundo piso.
Sebastián estaba a mi lado.
—¿Quieres que lo saque seguridad?
—No.
—¿Quieres verlo?
Pensé un momento.
—Sí.
Mi hermano frunció el ceño.
—Elena.
—No para discutir. Para terminar.
Bajé al jardín.
Me puse un abrigo sobre los hombros aunque no hacía frío.
No quería que él volviera a verme vulnerable.
Cuando llegué al portón, Adrián dio un paso adelante.
—Elena.
Su voz sonaba ronca.