Mi esposo me echó de casa sin dejarme llevar nada… tres días después abrió el armario y entendió su error

Pero temblaba de rabia.

Me abroché el cinturón.

—Sí.

—¿Dónde está tu teléfono?

—Se lo quedó.

—¿Tu cartera? ¿Tus llaves? ¿Tus documentos?

Miré por la ventana.

—No los traje.

—¿Por qué?

—Dijo que nada de la casa Keller podía salir conmigo.

Sebastián golpeó el volante.

El claxon sonó fuerte.

Varios autos cercanos se detuvieron.

—Maldito desgraciado.

Abrió la puerta, dispuesto a bajar.

—Voy a volver y le voy a romper la cara.

—Sebastián.

Mi voz lo detuvo.

—No vayas.

—¿Cómo que no vaya? ¿Quién se cree que es para humillarte así?

Lo miré.

Mis ojos estaban secos.

—Tengo hambre.

Él se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—¿Podemos ir a comer primero?

Todo el enojo de mi hermano pareció romperse en su garganta.

Me miró durante varios segundos.

Luego cerró la puerta.

Arrancó el auto.

—¿Qué quieres comer?

—La sopa de wonton de la calle vieja… ¿todavía existe?

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