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—Ya basta. ¿Por qué hiciste que cambiáramos de lado?
—Ya te lo dije.
—No. Me diste una excusa.
David guardó silencio.
—¿Hay algo que no me estás contando?
—Sí.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Qué?
—Solo quédate aquí.
Desapareció hacia la parte trasera de la casa. Unos momentos después, regresó llevando algo envuelto en uno de nuestros viejos paños de cocina.
Vi una diminuta cabeza gris y dos orejas enormes.
Entonces emitió el sonido más pequeño que había escuchado en mi vida.
—David… ¿qué es eso?
—La razón por la que necesitaba tu lado de la cama.
—¿Un gatito?
Asintió.
—¿Dónde lo encontraste?
—Afuera.
—¿A las tres de la mañana?
—Técnicamente.
Lo miré fijamente.
—Hay cinco —añadió.
—¿Cinco qué?
—Gatitos.
Me eché a reír. Tres días de sospechas acababan de chocar de frente con cinco gatitos.