La miré durante unos segundos.
—Entonces, ¿por qué has venido ahora?
—Porque ayer me dijo que, después de casarnos, tendría que dejar mi trabajo. Dijo que su esposa siempre debía verse hermosa y que jamás podía engordar.
Jessica comenzó a llorar.
Reconocí en sus ojos el mismo miedo con el que yo había vivido durante tantos años.
Después de un largo silencio, le dije:
—Jessica, todavía puedes elegir qué clase de vida quieres vivir.
Aquella boda nunca llegó a celebrarse.
Unas semanas después, Mike intentó hablar conmigo otra vez.
Esta vez nos pidió perdón no solo a mí, sino también a nuestros hijos.
No lo acepté de nuevo como esposo.
Pero estuve de acuerdo en que reconstruyera poco a poco la relación con nuestros hijos, siempre que cumpliera de manera constante con sus responsabilidades como padre.
Pasó un año.