Eso dolió.
Pero no tanto como ella esperaba.
Porque de pronto recordé el perfume extraño en la camisa de Ricardo.
Las clases de spinning a las que supuestamente iba solo.
El “congreso de construcción” en Monterrey que coincidió con un viaje de Laura a San Miguel de Allende.
Y su manera de esconder el celular boca abajo desde hacía meses.
—Si llevar la cuenta significa recordar cuándo mi esposo empezó a oler al perfume de mi mejor amiga, entonces sí —dije—. He llevado la cuenta.
Ricardo dio un paso hacia mí.
—No hagas una escena.
—Una escena sería aventar ese bikini a la alberca. Yo solamente me voy a mi casa.
—Mariana…
Antes de cruzar la puerta me detuve.
—Laura acaba de mencionar exactamente a qué hora la vecina riega las plantas. Esa no es una preocupación que se aprende en una primera visita.
Por primera vez se miraron con auténtico miedo.
No con culpa.
Con miedo de que yo entendiera cuánto tiempo llevaban haciendo aquello.
Manejé hasta un mirador en la Barranca de Huentitán y permanecí dentro del auto casi una hora.
No lloré.
Abrí las notas privadas de mi celular.
Durante diez meses había registrado fechas, llamadas, cambios de horario y pequeñas contradicciones.
Y entonces comprendí que el bikini no era el peor secreto que Ricardo escondía.
Seis semanas antes, trabajando como responsable de cumplimiento en Banco del Centro, había encontrado durante una revisión documental una operación de Desarrollos Altavista, la inmobiliaria de la familia de Ricardo.
Una propiedad valuada en millones había sido transferida a una empresa recién creada.
Para completar esa operación aparecía mi consentimiento.
Y debajo estaba mi firma.
Solo había un problema.
Yo jamás había firmado ese documento.
Hasta aquella noche había guardado silencio porque denunciarlo podía destruir a la familia con la que todavía creía tener un matrimonio.
Pero después de ver a mi esposo con Laura, regresé a casa, abrí el cajón donde conservaba mis copias autorizadas de trabajo y marqué el número de una abogada especializada en fraude corporativo.
—Ximena —dije cuando contestó—. Creo que necesito que veas algo.
Y lo que me explicó durante los siguientes veinte minutos hizo que comprendiera que el engaño de Ricardo apenas era el principio.