Mi mamá, Carmen, tiene setenta años y se ha pasado la vida tratando de no molestar a nadie. Pide perdón cuando está cansada, cuando necesita una pastilla, cuando alguien la lleva en auto, y a veces hasta cuando come. Cuando le diagnosticaron un cáncer de mama en etapa tres, su oncólogo, el doctor Salinas, fue claro: la quimioterapia sería agresiva y no debía hacerla sola.
—Me las arreglo —dijo ella.
—Usted se queda conmigo —le respondí yo.
Antes hablé con mi esposo, Rodrigo. No se entusiasmó (“quiero saber que hay una fecha de fin”), pero aceptó. Carmen se instaló en la habitación de huéspedes de la planta baja, frente al baño, con una ventana al jardín. Llegó con una maleta y una bolsa de medicinas, y pidió perdón por las dos.
El regreso anticipado
Todo marchó bien al principio. Hasta que tuve que viajar cuatro días por trabajo. Mi última reunión terminó antes de lo previsto y volví sin avisar, pensando en darles una sorpresa.