PARTE 2
A la mañana siguiente desperté en la casa de mis padres, en Zapopan.
Mi mejor amiga, Laura, me llamó antes de las ocho.
—¿Ya se lo dijiste?
—No.
—Mariana, ese hombre acaba de divorciarse de ti porque cree que eres pobre.
—Precisamente por eso no pienso explicarle nada.
Mi familia había fundado Grupo Altavista hacía más de treinta años. Empezó con una empresa de transporte y terminó convirtiéndose en un corporativo con compañías de logística, tecnología, manufactura y servicios.
Cinco años antes, después de la enfermedad de mi padre, yo había asumido la presidencia del consejo.
Pero al casarme pedí una licencia operativa.
Quería vivir un matrimonio normal.
Trabajaba algunas horas en la fundación familiar y recibía un sueldo mensual de dieciocho mil pesos por ese puesto. Era un salario real. Lo que Diego nunca preguntó era de dónde provenían mis acciones, inversiones o dividendos.