Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

PARTE 2

A la mañana siguiente desperté en la casa de mis padres, en Zapopan.

Mi mejor amiga, Laura, me llamó antes de las ocho.

—¿Ya se lo dijiste?

—No.

—Mariana, ese hombre acaba de divorciarse de ti porque cree que eres pobre.

—Precisamente por eso no pienso explicarle nada.

Mi familia había fundado Grupo Altavista hacía más de treinta años. Empezó con una empresa de transporte y terminó convirtiéndose en un corporativo con compañías de logística, tecnología, manufactura y servicios.

Cinco años antes, después de la enfermedad de mi padre, yo había asumido la presidencia del consejo.

Pero al casarme pedí una licencia operativa.

Quería vivir un matrimonio normal.

Trabajaba algunas horas en la fundación familiar y recibía un sueldo mensual de dieciocho mil pesos por ese puesto. Era un salario real. Lo que Diego nunca preguntó era de dónde provenían mis acciones, inversiones o dividendos.

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