Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

Tampoco investigó demasiado a mi familia.

Al principio eso me enamoró.

Pensé que me quería por mí.

Cuando conocí a Diego era gerente de ventas. Trabajaba muchísimo y tenía una ambición que todavía no se había convertido en soberbia.

Un año después de casarnos, la empresa donde trabajaba entró en una alianza con una compañía de Grupo Altavista.

Diego consiguió la oportunidad de competir por la dirección de un proyecto importante.

Esa noche hice una sola llamada.

—Evalúen a todos con los mismos criterios. Si Diego es bueno, denle la oportunidad. Si no, no lo favorezcan por mí.

Ganó por méritos propios.

Después llegaron otros proyectos, ascensos y mejores ingresos.

Nunca ordené que lo promovieran.

Solo me aseguré de que nadie lo bloqueara por política interna y de que sus resultados fueran evaluados justamente.

El problema fue que Diego comenzó a interpretar cada éxito como prueba de que era superior a los demás.

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