Parte 1
El día después de que mi esposo me pidiera el divorcio, mi abogada lo llamó para comunicarle mis condiciones.
Adrián Montemayor no discutió ninguna.
No discutió que yo me marchara de la casa de San Pedro Garza García.
No discutió que renunciara a reclamar sus empresas, sus propiedades ni las cuentas que su familia había acumulado durante décadas.
Ni siquiera preguntó por qué, después de 8 años de matrimonio, yo estaba dispuesta a irme sin tocar un peso.
Solo hubo una frase que consiguió dejarlo completamente en silencio.
Mi abogada dijo:
“Señor Montemayor, Elena solicitará que la custodia principal del bebé quede con ella.”
Pasaron varios segundos.
Después Adrián preguntó:
“¿Qué bebé?”
Mi nombre es Elena Salazar, y quizá debí comprender mucho antes lo invisible que me había vuelto para mi propio marido.
La noche anterior estaba en la cocina organizando sus medicamentos.