Casi me reí.
Quería a Valeria como pareja y a mí como la mujer que seguiría recordando sus medicinas.
“No, Adrián.”
A la mañana siguiente preparé café.
Solo para mí.
Desayuno.
Solo para mí.
Cuando Adrián bajó, miró su lugar vacío.
“¿Dónde está mi desayuno?”
“Pediste el divorcio.”
“¿Y eso qué tiene que ver?”
Abrió su portafolio.
“¿Dónde están mis medicamentos?”
“En la cocina.”
“Siempre los guardas tú.”
“Ya no.”
“Elena.”
Tomé mi bolso.
“Pídeselo a Valeria.”
Esa tarde entregué los documentos a la licenciada Sofía Herrera.
No quería castigar a Adrián.
No quería sus millones.
Quería salir de aquel matrimonio con algo que el dinero no pudiera comprar.
Tranquilidad.
Y quería proteger a mi hijo.
Yo tenía 20 semanas de embarazo.
Lo había descubierto meses antes.
Pensaba contárselo cuando terminara una disputa interna que estaba sacudiendo las empresas de los Montemayor. Había amenazas, movimientos de dinero extraños y una vieja rivalidad entre Adrián y su hermano menor, Marcos.