Mi hermana Rocío tenía veintiún años cuando mi mamá murió. Yo tenía diez.
Esa noche, después del funeral, ella me sentó en la cama de nuestra habitación compartida, me secó la cara con la manga de su abrigo y me dijo:
—No te preocupes, Andrés. Yo me voy a ocupar de todo.
Yo no entendí lo que significaba esa frase. Hoy sé que, en ese momento, mi hermana renunció a su propia vida.
Dos turnos, ningún reclamo
Rocío dejó la universidad en segundo año. Consiguió un trabajo limpiando oficinas por la mañana y otro como camarera por la noche. Llegaba a casa a las doce, con los pies hinchados, y aun así me revisaba la tarea.
—¿Ya terminaste la de matemáticas? A ver, muéstrame.
Nunca se quejó. Cuando mis zapatillas se rompían, ella caminaba con las suyas remendadas. Cuando yo quería una bicicleta, ella me decía «el año que viene», y el año siguiente la bicicleta aparecía envuelta en papel de diario.
Mi vergüenza