Yo estudié con ganas. Entré a la facultad de arquitectura con una beca parcial, y Rocío pagó el resto. Ella siempre decía que el dinero «alcanzaba».
Pero algo se torció dentro de mí. Cuando empecé a rodearme de compañeros con familias de apellidos conocidos, me dio vergüenza que mi hermana limpiara oficinas. Dejé de invitarla a mis presentaciones. Una vez, un compañero me preguntó quién era esa mujer que me esperaba en la puerta, y yo dije:
—Ah, nadie. Una conocida.
Rocío estaba a unos metros y lo escuchó. No dijo nada. Me sonrió, me dio un sándwich envuelto en servilleta y se fue.
Esa noche no pude dormir. Pero a la mañana siguiente seguí actuando como si nada hubiera pasado.
El día de mi graduación
Egresé con honores. En la ceremonia, mientras recibía mi diploma, busqué a Rocío entre el público. Había guardado una silla para ella en la primera fila. Estaba vacía.