Pero no duró mucho.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era un abogado llamado Mauricio Salgado.
—Represento a su padre y a la señorita Camila —dijo—. Creo que esto puede resolverse de manera civilizada.
—Mi hijo está entrando a cirugía.
—Precisamente. Don Arturo está dispuesto a pagar todos los gastos médicos y ofrecerle cien mil pesos por las molestias.
Me quedé en silencio.
Entonces llegó la amenaza.
—También debe considerar su trabajo. Su padre cree que usted tiene un pequeño puesto en un juzgado. Con las llamadas correctas, quizá el lunes ya no tenga ese empleo.
Sentí una extraña calma.
—Licenciado Salgado, le recomiendo que no vuelva a ofrecerme dinero a cambio de modificar una declaración.
—No me malinterprete…
—Y tampoco vuelva a amenazarme.
Colgué.
Aquella noche supe que mis padres y Lorena habían dado exactamente la misma versión: Mateo había tropezado solo.
Tres adultos estaban dispuestos a mentir para proteger a Camila.
Necesitaba pruebas.
Entonces recordé algo.
La vecina de mis padres, la señora Robles, llevaba meses peleada con mi madre por unos árboles en el límite de ambas propiedades. Había instalado cámaras de seguridad de alta resolución apuntando hacia su jardín y parte de la fachada de mis padres.
Una cámara daba directamente al ventanal del comedor.
Llamé a la policía investigadora asignada al caso y les expliqué la existencia de esa grabación. También hablé con la señora Robles.
Por fortuna, aceptó entregar voluntariamente una copia antes de que alguien pudiera presionarla.
A la mañana siguiente recibí una llamada.
—Licenciada Valeria —me dijo el agente—, la cámara no alcanza a mostrar todo el interior por el reflejo del vidrio.
Mi corazón se hundió.
—Pero el micrófono ambiental captó el audio.
Me enviaron un fragmento autorizado para identificar las voces.
Lo escuché junto a la cama de Mateo.
Primero se oía su voz.
—Se manchó mi puente…
Luego Camila:
—Pues quítate.
Y después apareció una voz que me congeló la sangre.
La de Lorena.
—Camila, deja de permitir que ese mocoso te falte al respeto. Ponlo en su lugar.
Segundos después se escuchaba mi advertencia.
Después el grito de Camila.
El golpe.
El crujido.
Y finalmente el alarido de Mateo.
Me quité los audífonos con las manos temblando.