Arturo intentó sonreír.
—Hablen con mi abogado.
—Puede acompañarlo su abogado.
Entonces uno de los agentes mencionó algo que cambió nuevamente su expresión.
—También necesitamos información sobre algunas operaciones inmobiliarias relacionadas con empresas de su grupo.
Yo no sabía nada de eso.
Al parecer, durante la revisión de las amenazas que mi padre había hecho sobre utilizar sus “contactos”, surgieron datos que la fiscalía decidió remitir a las autoridades correspondientes.
No pregunté.
No quería saber.
Y sobre todo, no quería involucrarme.
Semanas después me enteraría por mi propia abogada de que una investigación completamente independiente había comenzado sobre contratos, pagos y transferencias vinculadas a algunos negocios de Arturo.
En cuanto supe que existía, informé formalmente de mi parentesco y me excusé de cualquier asunto que pudiera llegar al órgano jurisdiccional donde trabajaba.
No iba a convertirme en aquello que mi padre siempre creyó que eran los jueces:
personas poderosas capaces de torcer las reglas para beneficiar a su familia.
La ley debía funcionar sin mí.
Y funcionó.
Los siguientes meses fueron dolorosos.
Mateo necesitó una placa, varios tornillos y semanas de inmovilización.
Después comenzó fisioterapia.
La primera vez que intentó levantar el brazo y no pudo, se puso a llorar.
—Mamá, ¿se va a quedar así para siempre?
Me arrodillé frente a él.
—No. Va a tomar tiempo, pero vamos a trabajarlo juntos.
También empezó terapia psicológica.
Durante semanas no quiso visitar casas ajenas.
Si alguien levantaba demasiado la voz, se encogía.
Un día me preguntó:
—¿La tía Lorena me odiaba?
No supe qué responder inmediatamente.
Finalmente le dije:
—Lo que hicieron estuvo mal. Muy mal. Pero tú no provocaste nada de esto.
Él miró su cicatriz.
—Yo solo quería mi dibujo.
Aquella frase me destrozó más que cualquier sentencia.
Mientras Mateo se recuperaba, la estructura que mi familia había mantenido durante años comenzó a desmoronarse.
Mauricio Salgado dejó de representar a Camila después de declarar que sus clientes le habían proporcionado información falsa. Además, el colegio profesional correspondiente recibió una queja por la llamada en la que intentó presionarme para cambiar mi denuncia. La grabación de nuestra conversación, obtenida de forma legal porque yo había conservado el registro y los mensajes posteriores, quedó en manos de las autoridades.