Mi hermana me escupió delante de todos después de que su hija rompiera el brazo de mi hijo de 7 años y dijo: “Tenemos dinero para arreglar esto”. No le contesté; guardé el informe del hospital, conseguí una grabación y fui al tribunal. Ellos pensaban que podían comprar mi silencio, hasta que el juez preguntó cuál era realmente mi profesión.

—¡Fue un accidente!

El fiscal señaló la grabación.

—Eso deberá explicarlo ante la autoridad competente.

Camila comenzó a sollozar.

—¡Abuelo!

Arturo no reaccionó.

Los agentes esposaron a mi sobrina y la condujeron fuera.

No sentí satisfacción.

Solo pensé en Mateo despertando de madrugada preguntándome si su brazo volvería a funcionar como antes.

Lorena corrió hacia mí.

—Valeria, por favor.

Me aparté.

—No me toques.

—Yo no sabía que Camila iba a hacerle eso.

—Le dijiste que pusiera en su lugar a un niño de siete años.

—Estaba molesta.

—Y después me escupiste mientras Mateo estaba en el suelo con el brazo roto.

Lorena comenzó a llorar.

—Es mi hija.

La miré.

—Exactamente. Y Mateo es mi hijo.

Mi padre apareció detrás de ella.

Ya no tenía aquella postura de hombre poderoso que había dominado todas nuestras reuniones.

—Valeria, podemos solucionar esto.

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