Yo no sabía nada de eso.
Al parecer, durante la revisión de las amenazas que mi padre había hecho sobre utilizar sus “contactos”, surgieron datos que la fiscalía decidió remitir a las autoridades correspondientes.
No pregunté.
No quería saber.
Y sobre todo, no quería involucrarme.
Semanas después me enteraría por mi propia abogada de que una investigación completamente independiente había comenzado sobre contratos, pagos y transferencias vinculadas a algunos negocios de Arturo.
En cuanto supe que existía, informé formalmente de mi parentesco y me excusé de cualquier asunto que pudiera llegar al órgano jurisdiccional donde trabajaba.
No iba a convertirme en aquello que mi padre siempre creyó que eran los jueces:
personas poderosas capaces de torcer las reglas para beneficiar a su familia.
La ley debía funcionar sin mí.
Y funcionó.
Los siguientes meses fueron dolorosos.
Mateo necesitó una placa, varios tornillos y semanas de inmovilización.