Mateo permaneció callado unos segundos.
Después tomó su vaso de agua.
—Entonces podemos invitar a la doctora Paula.
Paula era su fisioterapeuta.
—Podemos preguntarle.
—Y a Bruno también.
Miré al perro.
—Bruno vive aquí.
Mateo sonrió.
—Entonces ya está invitado.
Me reí.
Él se sentó a mi lado y comenzó a observar su dibujo.
—Mamá…
—¿Sí?
—En la escuela dijeron que eres jueza.
—Es verdad.
—¿Por qué nunca se lo dijiste a los abuelos?
Miré hacia el jardín.
—Porque algunas personas respetan más un título que a una persona. Yo quería saber cómo me trataban cuando pensaban que no tenía nada que ofrecerles.
Mateo frunció el ceño, intentando comprender.
—Te trataban feo.
—Sí.
—Entonces son tontos.
Solté una carcajada.
—No sé si esa es una conclusión jurídicamente muy elegante.
—Pero es verdad.
Lo abracé con cuidado.
Después de unos segundos apoyó la cabeza en mi hombro.