Por ella misma.
Yo subí a la ambulancia con mi hijo.
En el hospital confirmaron una fractura severa del húmero. El hueso estaba desplazado y necesitaba cirugía.
Cuando se llevaron a Mateo al quirófano, finalmente me permití llorar.
Pero no duró mucho.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era un abogado llamado Mauricio Salgado.
—Represento a su padre y a la señorita Camila —dijo—. Creo que esto puede resolverse de manera civilizada.
—Mi hijo está entrando a cirugía.
—Precisamente. Don Arturo está dispuesto a pagar todos los gastos médicos y ofrecerle cien mil pesos por las molestias.
Me quedé en silencio.
Entonces llegó la amenaza.
—También debe considerar su trabajo. Su padre cree que usted tiene un pequeño puesto en un juzgado. Con las llamadas correctas, quizá el lunes ya no tenga ese empleo.
Sentí una extraña calma.
—Licenciado Salgado, le recomiendo que no vuelva a ofrecerme dinero a cambio de modificar una declaración.