Parte 1
Me llamo Mariana Salgado, tengo 39 años y durante casi toda mi vida confundí la paz con quedarme callada.
Lo entendí demasiado tarde, el día en que vi a mi hija Valeria, de 13 años, caer inconsciente al fondo de nuestra piscina.
Todo ocurrió durante una carne asada familiar en nuestra casa, en un fraccionamiento al norte de Monterrey. Andrés, mi esposo, estaba frente al asador desde el mediodía. Yo iba y venía entre la cocina y el patio con tortillas, limones, ensalada y bebidas.
Valeria llevaba horas ayudándonos sin que nadie se lo pidiera.
Hasta que llegó mi hermano menor, Mauricio.
Tenía 35 años, una inmobiliaria que presumía en cada reunión y esa seguridad insoportable de quien lleva toda la vida convencido de que alguien más va a resolverle las cosas.
Se dejó caer en una silla junto a la piscina, ni siquiera saludó bien a Andrés y levantó la mano.