Mi hermano empujó a mi hija de 13 años delante de toda la familia porque ella se negó a seguir sirviéndole comida; segundos después estaba inconsciente en la piscina. Cuando despertó en el hospital me preguntó: “Mamá, ¿fue por decirle que no?”. No defendí a nadie. Días después, cuando mi hermano llegó exigiendo silencio, mencioné una cámara y vi cómo su rostro perdía todo el color.

—Valeria, tráeme una cerveza fría.

Mi hija miró la hielera.

Estaba a menos de 2 metros de él.

Luego me miró a mí.

Yo conocía esa mirada.

“¿Otra vez vas a permitirlo?”

Pero hice lo que llevaba haciendo desde niña.

Sonreí con incomodidad.

Valeria abrió la hielera y le llevó la cerveza.

Después Mauricio pidió un plato limpio.

Luego mostaza.

Después una servilleta nueva porque, según él, la que tenía estaba húmeda.

Andrés me miró desde el asador.

No dijo nada, pero su expresión sí.

Ponle un límite.

Yo seguí acomodando cubiertos.

Hasta que Mauricio levantó su plato por cuarta vez.

—Valeria, tráeme otra hamburguesa. Y dile a tu papá que esta vez no la queme.

Valeria acababa de sentarse después de casi 2 horas ayudándonos.

No se levantó.

—Las hamburguesas están junto al asador, tío.

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