Mi hermano empujó a mi hija de 13 años delante de toda la familia porque ella se negó a seguir sirviéndole comida; segundos después estaba inconsciente en la piscina. Cuando despertó en el hospital me preguntó: “Mamá, ¿fue por decirle que no?”. No defendí a nadie. Días después, cuando mi hermano llegó exigiendo silencio, mencioné una cámara y vi cómo su rostro perdía todo el color.

Dentro estaban las sandalias de Valeria, sus aretes y una pulsera azul que había hecho con sus amigas.

—¿Dónde está?

—Tomografía. Tiene una lesión fuerte en la parte posterior de la cabeza.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era mi madre.

Contesté y puse el altavoz.

—¿Cómo está mi niña? —preguntó Elena llorando.

—Todavía no sabemos.

Hubo unos segundos de silencio.

Después llegó lo que yo sabía que llegaría.

—Mariana… Mauricio está destruido. Lleva horas llorando. Jura que no la empujó. Dice que quiso tocarle el hombro y ella perdió el equilibrio.

—Está mintiendo.

—¡Es tu hermano! ¿De verdad vas a arruinarle la vida? Puede perder su trabajo. ¿Qué ganas destruyéndolo?

Miré las sandalias mojadas de Valeria dentro de la bolsa.

—Mi hija está en neurología porque tu hijo no soportó que una niña le dijera que caminara por su propia hamburguesa.

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