Bajó la cabeza.
—Lo sé.
Después dijo algo que me dolió más que cualquier otra cosa:
—Si quieres, renuncio a todo esto. Te mantendré tu puesto. Te daré una buena referencia. No habrá condiciones.
Lo miré.
Y entonces comprendí algo.
Harold no era un monstruo.
Tampoco era mi salvador.
Era un hombre que había perdido a su mejor amigo y que, sin darse cuenta, había empezado a llenar el vacío con nosotros.
Pero yo también tenía responsabilidad.
Había permitido que su ayuda se convirtiera en una especie de muleta.
Había dejado que pagara cosas.
Que arreglara mi casa.
Que solucionara problemas.
Que se convirtiera poco a poco en alguien imprescindible.
Y yo necesitaba recuperar mi propia vida.
—Harold, gracias por todo.
Respiré profundamente.
—Pero no puedo seguir viviendo dependiendo de ti.
Él asintió.
No discutió.
No intentó convencerme.
Me ofreció una indemnización justa y una recomendación profesional.