Y esta vez, acepté solamente eso.
Nada más.
Cuando llegué a casa, Mia estaba sentada en el porche con su conejo de peluche.
Me acerqué y me senté junto a ella.
Mi pequeña me rodeó el cuello con sus brazos.
Y entonces dijo algo que terminó de romperme.
—Mamá… yo sé que papá no está ahí de verdad.
La miré.
—Solo lo extraño.
Cerré los ojos.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Pero esta vez no intenté detenerlas.
Había pasado un año intentando ser fuerte.
Por mi hija.
Por el trabajo.
Por la casa.
Por todos.
Y finalmente entendí que ser fuerte no significaba fingir que no dolía.
Significaba seguir adelante aunque doliera.
Abracé a Mia.
—Yo también lo extraño, cariño.
Ella apoyó la cabeza sobre mi pecho.
Y por primera vez desde la muerte de Mike, sentí algo diferente.
No era felicidad.