Para ella era algo íntimamente relacionado con su papá.
No era simplemente tinta.
Era **él**.
—Dios mío… —murmuré.
Harold me vio.
Y por su expresión supe que también había comprendido lo que yo acababa de descubrir.
Aquella noche no pude dormir.
Saqué una caja de fotografías que llevaba casi un año evitando abrir.
Encontré las imágenes del viaje a Flagstaff.
En una de ellas aparecía Mike, joven, sonriente, con una venda detrás de la oreja.
En la siguiente estaba junto a Harold.
Miré a Harold.
Su oreja estaba completamente limpia.
No tenía ningún tatuaje.
Entonces entendí.
Habían pasado décadas.
Mike había muerto.
Y seis meses antes, Harold había decidido hacerse aquel tatuaje.
¿Por qué?
La respuesta llegó al día siguiente.
Fui a casa de Harold.
Él abrió la puerta vestido con una camiseta y pantalones deportivos.