Mi esposo, Esteban, no era un hombre de secretos. Eso creía yo, al menos. Llevábamos nueve años casados y conocía sus manías: el café sin azúcar, la radio baja mientras manejaba, la costumbre de salir los sábados por la mañana «a hacer las compras» y volver con las bolsas, un pan recién horneado y una sonrisa cansada.
Nunca lo vi esconder nada. Ni un recibo, ni un mensaje, ni una mirada.
Por eso, cuando nuestra hija Lucía, de seis años, dijo aquella frase en el parque del barrio, primero me reí.
La casa azul
Era un domingo de sol. Esteban empujaba el columpio y Lucía, con las trenzas al viento, gritaba que quería llegar hasta las nubes. Al otro lado de la calle, una mujer mayor apoyada en una ventana nos saludó con la mano. Vivía en una casa pintada de azul, con macetas de geranios en la entrada.