—He dicho que se levante —repitió.
Don Manuel levantó lentamente la mirada.
—Agente, le recomiendo que piense bien antes de hacer lo que está a punto de hacer.
Sergio soltó una carcajada.
—¿Y usted quién se cree que es?
Don Manuel no respondió.
Simplemente volvió a mirar hacia el sendero donde esperaba que aparecieran Carmen y Lucía.
Ese gesto enfureció todavía más al agente.
—¿Me está ignorando?
Sergio tomó las esposas de su cinturón.
La mujer que estaba grabando con el teléfono dio otro paso atrás.
—Señor, ¿está bien? —preguntó en voz baja.
Don Manuel asintió.
—Estoy bien.
Entonces Sergio le agarró las muñecas.
—Queda detenido por desacato y resistencia a la autoridad.
—No me he resistido —respondió Manuel con calma.
—Ahora sí lo hará.
El clic metálico de las esposas resonó en todo el parque.
Ochenta personas observaron en silencio.
Algunos sacaron sus teléfonos.
Otros simplemente miraron sin saber qué hacer.
Don Manuel bajó la cabeza.
No porque tuviera miedo.
Sino porque sabía que, a partir de ese momento, Sergio acababa de cruzar una línea que no podía borrar.
A varios kilómetros de allí, las tres camionetas negras ya estaban entrando en el perímetro del parque.
—¿Tenemos confirmación? —preguntó Elena Vera.
—Confirmado. El director sigue esposado.
Elena cerró los ojos durante un instante.
—No intervengan hasta que yo lo ordene.
—Pero, señora, podrían hacerle daño.
—Lo sé.
Miró la pantalla de su teléfono.
En ella aparecía la transmisión de una de las cámaras del parque.
Y entonces vio algo que la hizo cambiar de expresión.
—Esperen…
Amplió la imagen.
Don Manuel no estaba solo.
A pocos metros, detrás de un árbol, había un hombre observándolo.
Un hombre que llevaba diez años desaparecido.
El mismo hombre que había sido relacionado con una de las investigaciones más peligrosas de la Agencia Nacional.
—¿Quién es ese? —preguntó uno de los agentes.
Elena respondió casi en un susurro:
—Ese es precisamente el motivo por el que el director Rivas está aquí.
Mientras tanto, Sergio seguía sin saber nada.
—Vamos —ordenó, tirando de las esposas.
Don Manuel se levantó.
Pero antes de dar un solo paso, escuchó una voz infantil.
—¡Abuelo!
Lucía corría hacia ellos.
Carmen venía detrás.