La niña se detuvo al ver las esposas.
Su rostro cambió inmediatamente.
—¿Por qué le has puesto eso a mi abuelo?
Sergio se agachó ligeramente.
—Tu abuelo ha incumplido las normas.
—Mi abuelo no hace nada malo.
—Niña, aléjate.
Lucía no se movió.
Miró a Don Manuel.
Luego miró al agente.
Y dijo algo que hizo que Carmen palideciera.
—Mamá dijo que nunca debemos contar quién es el abuelo cuando estamos fuera.
Sergio frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Don Manuel cerró los ojos.
—Lucía…
Pero ya era demasiado tarde.
Sergio miró nuevamente al anciano.
—¿Quién es usted?
Don Manuel permaneció en silencio.
Entonces un sonido de motores comenzó a escucharse desde la entrada del parque.
Tres camionetas negras aparecieron al fondo.
Las puertas se abrieron al mismo tiempo.
Hombres y mujeres vestidos de oscuro descendieron rápidamente.
Javier Robles, el antiguo agente que había estado jugando con su hijo, reconoció inmediatamente los vehículos.
Su rostro perdió el color.
—Dios mío…
Su hijo lo miró confundido.
—¿Qué pasa, papá?
Javier respondió:
—Ese hombre no es un jubilado cualquiera.
Los agentes federales caminaron directamente hacia Sergio.
Uno de ellos mostró una identificación.
—Agente Molina, aparte las manos del detenido.
Sergio soltó una sonrisa nerviosa.
—¿Detenido? ¿Qué problema tienen ustedes?
La agente miró las esposas.
Luego miró a Don Manuel.
Y finalmente dijo:
—Acaba de esposar al director general de la Agencia Nacional de Investigación.
El parque entero quedó en silencio.
Sergio abrió los ojos.
—¿Qué?
Don Manuel levantó lentamente la cabeza.
—Ahora entiende por qué le pedí que pensara antes de actuar.
Sergio retrocedió un paso.
Pero Elena Vera todavía no había terminado.
Se acercó a Don Manuel y le habló en voz baja:
—Señor director, encontramos al hombre que estaba buscando.
Manuel dejó de sonreír.
—¿Dónde?
Elena señaló discretamente hacia los árboles.
—Está aquí.
Don Manuel miró en aquella dirección.
El hombre desaparecido salió lentamente de entre las sombras.
Y cuando Manuel lo reconoció, su expresión cambió por completo.
Porque aquel hombre no era un enemigo.
Era alguien que él había creído muerto durante diez años.
Y llevaba en la mano una carpeta con pruebas capaces de derribar a algunas de las personas más poderosas del país.
Pero había un problema.
La primera página de aquella carpeta llevaba una fotografía de Sergio Molina.