No se volvió otra persona de un día para otro.
Seguía siendo el hombre que me había engañado con mi hermana.
Seguía siendo alguien con quien yo jamás volvería.
Pero poco a poco dejó de exigir que nuestros hijos aprobaran su nueva vida para demostrar que lo amaban.
Lina también cambió su manera de acercarse a ellos.
Dejó de presentarse como una madre adicional.
Cuando Amelia decidió volver a verla, meses después, fue porque Lina le preguntó algo sencillo.
—¿Cómo quieres llamarme?
Amelia la miró como si la respuesta fuera obvia.
—Tía Lina.
—Está bien.
No fue una reconciliación perfecta.
Fue un límite respetado.
Y en nuestra familia, eso ya era muchísimo.
Respecto a mis padres, la distancia duró más.
Mi papá fue el primero en venir a verme.
Llegó una tarde con una bolsa de pan dulce para los niños y se quedó de pie junto a la puerta sin saber si debía entrar.