—Tu mamá está convencida de que todos la culpan —dijo.
—Yo no necesito que se sienta culpable.
—Entonces, ¿qué necesitas?
Pensé en la pregunta.
—Que deje de pedirme que haga pequeña mi herida para que Lina no tenga que mirar la suya.
Mi papá bajó la cabeza.
—Eso puedo entenderlo.
No arregló todo.
Pero fue el comienzo.
Mi mamá tardó otros dos meses en sentarse conmigo.
No pidió perdón de inmediato.
Primero explicó.
Después justificó.
Luego recordó que Lina siempre había sido la hija más impulsiva.
Yo la dejé hablar.
Finalmente le dije:
—No necesito una explicación de por qué ella hizo lo que hizo.
Mi mamá guardó silencio.
—Necesito saber por qué, cuando me pasó a mí, tú me pediste que lo soportara para que ella pudiera ser feliz.
Esa fue la pregunta que la hizo llorar.
Nunca obtuve una respuesta perfecta.
Creo que no existía.