Ese fue el detalle que cambió para mí la historia completa.
Hasta entonces yo seguía intentando encontrar una explicación que me permitiera creer que todo había sido un error terrible, una cadena imposible de decisiones equivocadas.
Un medicamento demasiado fuerte.
Una reacción extraña.
Una evaluación apresurada.
Una tragedia detenida por segundos.
Pero mi hija no estaba diciendo solamente que habían cometido un error.
Estaba diciendo que él obtuvo una señal de vida y siguió adelante.
La diferencia era enorme.
Al día siguiente ella tenía más fuerza para hablar, aunque todavía se cansaba con facilidad.
Le pedí que no tratara de recordar por obligación.
—No quiero que llenes huecos por mí.
—No lo voy a hacer.
—Si algo no lo sabes, di que no lo sabes.
—Lo sé.
—Y si cambias de opinión sobre algo…
—Te lo digo.