Primero con una tos.
Después con un pulso.
Después con una mano cerrándose alrededor de mi muñeca.
Y al final con palabras.
Esa noche ella logró dormir por periodos cortos.
Yo permanecí junto a ella.
Cada vez que despertaba, buscaba mi mano antes de abrir completamente los ojos.
Cada vez que la encontraba, respiraba más despacio.
Cada vez que volvía a dormirse, yo observaba su pecho subir y bajar hasta que me dolían los ojos.
No intenté fingir que estaba tranquila.
Tampoco le dije que todo iba a estar bien.
Después de lo ocurrido, esa clase de promesa me parecía demasiado grande.
Le prometí algo más concreto.
—Nadie va a hablar por ti mientras puedas hablar tú.
Ella me miró.
—¿Y si no puedo?
—Entonces voy a esperar hasta que puedas, siempre que sea seguro esperar.
Asintió.
Esa fue nuestra nueva regla.