Mi hija dijo que recordaba voces alrededor de ella, manos moviéndole los brazos y fragmentos de conversaciones que no conseguía ordenar.
Recordaba haber intentado abrir los ojos.
Recordaba haber intentado mover un dedo.
Recordaba haber querido gritar cuando escuchó que hablaban de un certificado.
Nada respondió.
—Pensé que estaba soñando —murmuró.
Le acaricié el cabello.
—Pero escuchaste al médico.
Ella volvió a asentir.
Según lo que podía reconstruir, él se había acercado a revisar su pulso cuando ella ya llevaba tiempo sin poder responder.
Sintió los dedos en su cuello.
Después oyó su voz.
Había pulso.
No recordó cada palabra posterior y no intentó fingir que sí.
Eso hizo que le creyera todavía más.
No estaba armando una historia perfecta.
Estaba recuperando pedazos.
Lo que sí recordaba era la secuencia: primero la revisión, después la referencia al pulso y, más tarde, el sonido de papeles mientras alguien hablaba de declararla muerta.