La miré durante mucho tiempo.
No necesitaba ser experta para saber que aquella firma no era la que yo utilizaba.
Mi nombre podía estar escrito correctamente.
Advertisement
Mi casa podía estar descrita correctamente.
Pero una cosa no convertía a la otra en verdadera.
Llamé de nuevo.
La persona que estaba revisando conmigo la documentación no hizo una acusación precipitada. Solo comparó los papeles que yo tenía con el documento que Daniela había mencionado.
Entonces apareció el primer dato que cambió la historia.
La copia no coincidía con el documento que yo conservaba.
No por una palabra aislada.
Advertisement
Por la forma en que se había incorporado mi supuesto consentimiento.
La pregunta dejó de ser «¿por qué Daniela vendió la casa?».
Ahora era otra.
«¿Quién necesitaba que pareciera que yo había autorizado la venta?»
Llamé a Daniela.
No contestó.
Le envié un mensaje.
Advertisement