«Necesito que me digas quién te dio ese documento.»
Tardó casi una hora en responder.
«David.»
Nada más.
Después llegó otro mensaje.
«Él dijo que todo estaba arreglado.»
Cerré los ojos.
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Durante años había visto
a mi hija defender a ese hombre.
Primero fueron pequeñas cosas.
Un préstamo.
Una cuenta que él no podía cubrir.
Una compra que supuestamente sería temporal.
Después aparecieron deudas más grandes.
Daniela siempre encontraba una razón.
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Siempre decía que David estaba atravesando una mala racha.
Siempre prometía que sería la última vez.
Yo ayudé algunas veces.
No porque confiara en él.
Porque confiaba en ella.
Ahí estaba mi error.
Había confundido ayudar a mi hija con rescatar cada decisión que ella tomaba por amor.
Cuando me llamó ese mismo día, su voz sonaba distinta.