Ramiro se arrodilló lentamente.
—No merezco estar aquí. Lo sé.
—¿Por qué ahora? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Porque Bruno me pidió una cosa. Y yo la considero su última voluntad.
Julia me miró.
—Mamá, ¿qué hago?
La tomé de la mano.
—No me toca a mí decidir. Pero él quiso que supieras que nunca estuviste sola.
Julia guardó silencio mucho tiempo. Luego miró a su padre.
—No puedo prometerte nada.
—Lo sé.
—Pero voy a escucharte.
Y fue suficiente. Unas semanas después, Ramiro empezó a aparecer en cosas pequeñas: un café, una llamada, nada insistente. Solo presencia. Julia enmarcó la tarjeta de Bruno y la puso en su mesa de luz.
Una noche, en el pasillo, bajo las fotos de mi hijo, apoyé la mano en la pared y le hablé: «Cumpliste tu promesa, mi amor». Sonreí entre lágrimas. «Estuviste aquí. Y de algún modo lo trajiste de vuelta».