Patricia dejó escapar un grito.
La comunicación se cortó.
—¡Mamá!
Alejandro intentó llamar otra vez.
Nada.
Yo ya estaba buscando vuelos de regreso.
—Tenemos que avisar a la policía.
—Ya lo hice —dijo Valeria—. Y voy a enviarles todo.
Alejandro la miró.
—La USB.
Daniela, la sobrecargo, apareció con la caja roja.
Valeria tomó la memoria y la conectó a su computadora.
Había decenas de archivos.
Transferencias.
Contratos.
Grabaciones.
Copias de firmas.
Pero entonces apareció una carpeta que ninguno de ellos reconocía.
Se llamaba “MATEO”.
Mi corazón se detuvo.
—¿Por qué hay una carpeta con el nombre de mi hijo?
Alejandro abrió el primer documento.
Era una póliza.
Después otro.
Un fideicomiso.
Luego una autorización notarial.
Valeria leyó rápidamente.
—Esto no tiene sentido.
—¿Qué?
Me miró.
—Roberto creó un fideicomiso a nombre de Mateo hace siete años.
—¿Cuánto?
Valeria tardó unos segundos en responder.