—Más de veinte millones de pesos.
Alejandro se quedó inmóvil.
—Mi papá jamás tuvo ese dinero.
Valeria abrió otro archivo.
Entonces dejó de respirar.
—No viene de Roberto.
—¿De quién?
Giró la computadora hacia mí.
El nombre del aportante me hizo sentir que el mundo desaparecía.
Elena Hernández.
Mi madre.
La mujer que había muerto cuando yo tenía diecinueve años.
—Eso es imposible.
Pero había documentos notariales.
Estados de cuenta.
Y una carta escaneada.
Dirigida a mí.
Abrí el archivo con manos temblorosas.
“Lucía:
Si estás leyendo esto, significa que alguien finalmente descubrió lo que ocurrió con el dinero que dejé para ti…”
No pude continuar.
Alejandro tomó mi mano.
Valeria abrió otro documento.
—Lucía, espera.
—¿Qué?
—Hay algo más.
En la parte inferior aparecía el nombre de la persona designada originalmente para administrar aquel patrimonio hasta que yo cumpliera treinta años.