Mi hermana tardó en empezar.
—Papá dejó una caja para ti.
Sentí que el piso se alejaba.
—¿Cuándo?
—Antes de morir.
Once años de cuidados. Veinticuatro años desde su entierro.
Tuve que apoyarme en el barandal.
—¿La tuviste todo este tiempo?
Se cubrió la boca y asintió.
Mi madre le había ordenado guardarla. Después llegaron las excusas: yo estaba destinada lejos, seguramente no querría recuerdos, ya había pasado demasiado tiempo.
—Pude buscarte —dijo Cecilia—. No lo hice.
No trató de abrazarme.
Agradecí también eso.
—¿Dónde está?
—En mi casa. Puedo traértela mañana.
La miré hasta que bajó los ojos.
—Mañana —repetí.
Regresé al salón cuando anunciaron mi nombre.
El homenaje fue breve. Se habló de mi trayectoria, de operaciones de auxilio, de los equipos con los que había servido y de las personas que me habían enseñado a mandar.