—Su nombre no está en discusión —contesté—. Tus cuentas sí.
El comité informó, sin acusaciones públicas, que retiraba a la fundación del programa de recaudación y solicitaría una revisión independiente antes de volver a colaborar con ella.
Mi madre quiso intervenir. El presidente la escuchó y mantuvo la decisión.
No hubo una confesión repentina.
No hubo dinero apareciendo sobre una mesa.
Hubo algo que ella toleraba mucho menos: personas que ya no aceptaban su versión sin comprobarla.
Entonces apareció Cecilia.
Había permanecido al fondo del salón desde mi llegada.
Se acercó con el maquillaje corrido y el teléfono apretado entre las manos.
—Tengo que darte algo.
Mi madre se volvió hacia ella.
—No es el momento.
Cecilia retrocedió por reflejo.
Yo conocía ese movimiento. Lo había hecho demasiadas veces.
—Puedes hablar conmigo afuera —le dije.
Salimos a una terraza. Desde allí se escuchaba el tránsito y, más lejos, una sirena del puerto.