Traía una caja de zapatos envuelta en una bolsa de tela.
Dentro encontré fotografías, un reloj detenido y cartas dirigidas a mí en distintos años.
Mi padre las había escrito despacio. En las últimas, la letra apenas se sostenía.
Abrí una fechada dos meses antes de su muerte.
“Lucía: Elena me cuenta lo que haces para que no me falte nada. Quiero que dejes de preocuparte por demostrar cuánto me quieres. Ya lo sé.”
Tuve que detenerme.
Llevaba media vida pensando que no había hecho suficiente.
La carta continuaba:
“Debí defenderte aquella noche. Estaba enfermo, pero también tuve miedo. Eso me corresponde a mí. Nunca fue culpa tuya.”
Cecilia estaba sentada junto a la puerta.
Me dejó llorar sin acercarse.
Después le pedí que se fuera. No estaba lista para perdonarla, y por primera vez no sentí obligación de fingir que sí.