Las cartas de mi padre siguen en mi escritorio.
La primera fotografía que coloqué junto a ellas no fue la de la ceremonia. Elegí una de aquella cena en la que aparezco sentada entre Elena y doña Mercedes, riéndome con una compresa envuelta en una servilleta contra la mejilla.
Al llegar al hotel, Mercedes había querido ayudarme a guardar el uniforme.
Encontró una bolsa de plástico y se quedó mirándola, incómoda.
Yo entendí lo que estaba pensando.
Saqué una funda del clóset, acomodé el saco y cerré el cierre con cuidado.
Después tomé la bolsa vacía y la dejé en el bote.