—Mamá —dije.
Ella me recorrió de arriba abajo.
Sus ojos pasaron por las condecoraciones sin detenerse.
—¿Todavía sigues disfrazándote?
Algunas conversaciones se apagaron.
Mauricio se acercó con esa sonrisa que yo recordaba desde niña: la que aparecía cuando sabía que podía lastimarme sin consecuencias.
—Esta mesa es para los invitados importantes.
—Tengo un lugar asignado.
Intenté mostrarle mi tarjeta.
Él me sujetó del brazo.
—No hagas un espectáculo.
Me solté.
Entonces me golpeó.
Di medio paso hacia atrás. Una de mis zapatillas rozó la pata de una silla.
Mi madre soltó una risita.
—Mi hijo sí supo hacerse alguien —dijo—. Tú nada más aprendiste a obedecer.
No me llevé la mano a la cara.
Miré a Mauricio y, durante un instante, vi detrás de él nuestra antigua sala en Puebla.
La misma expresión satisfecha.
La misma madre esperando que yo agachara la cabeza.