Tenía dieciocho años la última vez que lo había hecho.
Mi padre, Tomás Cárdenas, era un capitán de navío retirado que necesitaba oxígeno para caminar de su recámara al comedor. En casa nadie hablaba de sus años de servicio. Se hablaba de lo caro que resultaba cuidarlo.
Mi madre podía gastar miles de pesos en un arreglo floral y después decir que no alcanzaba para una consulta.
Yo había conseguido ingresar al servicio naval y quería seguir estudiando. Se lo anuncié una noche de noviembre, mientras Mauricio presumía que un conocido de la familia le había ofrecido trabajo.
Mi padre levantó la mirada.
—¿De verdad, hija?
Sonrió antes de empezar a toser.
Mi madre dejó su taza con tanta fuerza que derramó café.
—¿Vas a terminar como él?
Señaló el tanque de oxígeno.