Lavé trastes hasta incorporarme. Después, de cada pago que recibía, apartaba dinero para mi padre.
Al principio apenas alcanzaba para algunos medicamentos. Con los años pude pagar visitas de una enfermera, tratamientos y traslados.
La enfermera se llamaba Elena.
Fue ella quien me permitió seguir cerca cuando mi madre me colgaba el teléfono o aseguraba que papá estaba dormido.
Y fue ella quien, tiempo después, me dijo algo que nunca olvidé:
—Tu padre sabe quién lo está cuidando. Que no te hagan creer otra cosa.
Él murió once años después de que me echaron.
Llegué al velorio con permiso y un uniforme prestado, porque el mío estaba en reparación.
Mi madre me recibió en la entrada.
—Ahora sí vienes a que te vean.
Me quedé hasta el entierro. Después dejé de buscarla.
Durante los siguientes veinticuatro años estudié, ascendí, formé equipos y aprendí a tomar decisiones que no permitían detenerse a llorar.