Todavía recuerdo cómo mi padre bajó los ojos.
—Voy a trabajar y estudiar —contesté—. Ya está decidido.
Ella fue a mi cuarto.
Escuché cajones, puertas, ganchos cayendo.
Volvió con una bolsa negra llena de ropa. Una manga de mi suéter azul colgaba por un agujero.
—Entonces aprende desde ahorita a mantenerte sola.
Mauricio abrió la puerta.
Mi hermana Cecilia permaneció sentada, mirando sus manos.
Mi padre intentó levantarse, pero la manguera del oxígeno se atoró bajo el sillón.
Me acerqué a liberarla.
Mi madre me empujó la bolsa contra el pecho.
—Ya no tienes nada que hacer aquí.
Dormí detrás de una fonda donde antes trabajaba los sábados. La dueña, doña Mercedes, me prestó un catre y no preguntó por qué llevaba toda mi ropa en una bolsa.
Al amanecer me dio café.
—Primero desayuna —dijo—. Luego vemos cómo le haces.